La emblemática Plaza de Armas de Chihuahua destaca no solo por ser el corazón del Centro Histórico, sino también por contener un kiosco y esculturas de herrería francesa del siglo XIX, perfectamente conservados y parte del legado urbano del Porfiriato.

Al pasear por sus inmediaciones, se descubren detalles como flores, espirales y corazones en herrería que adornan el kiosco frente a la catedral. El historiador Hernani Herrera explica que estas piezas fueron colocadas por el gobernador Miguel Ahumada entre 1892 y 1896, y suman más de 100 años de antigüedad.
Las cuatro estatuas que rodean la plaza representan simbólicamente las cuatro estaciones del año, ofreciendo una experiencia visual para adivinar cuál corresponde a cada una. El kiosco, hecho de hierro fundido, cantera, madera y vitrales, fue importado de Francia y comparte diseño con otro similar en Guadalajara, fabricado por la reconocida fundición Val d’Osne.
La disposición de la plaza encarna el modelo colonial típico: frente a la catedral barroca (1725–1825), siguió la presencia del poder civil, como el edificio del Poder Judicial y la histórica Casa Creel, donde se alojó Porfirio Díaz en 1909 rumbo a una reunión con William Taft.
Un testigo silente de la historia reconfigurada
Con remodelaciones posteriores, la plaza conserva su posición original desde la fundación de la ciudad, siendo hasta hoy “uno de los puntos centrales más importantes de convivencia”. Al sur, sobresale el monumento a Don Antonio de Deza y Ulloa, fundador de Chihuahua en 1709, representado con una espada y un documento en mano, recordando el origen histórico de la ciudad.

La Plaza de Armas no solo es un espacio urbano; es patrimonio vivo francés en Chihuahua, un escenario de historia, arte y arquitectura urbana que resume siglos de identidad local desde una mirada estética refinada por el Porfiriato.
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